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Las estadísticas reflejan datos bastante alejados de la consecución de una igualdad real. ¿Cómo es posible que después de tantos años de políticas de igualdad sigan existiendo estas diferencias?

Pilar Codina, de SGS

A nadie se le escapa que esta semana ha sido el Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras.

Actualmente, disponemos de un gran número de estadísticas relacionadas con mujeres y hombres en el ámbito laboral que reflejan datos bastante alejados de la consecución de una igualdad real.

Se han adoptado una serie de normativas para paliar estas diferencias, de las cuáles hablé en un artículo anterior, pero esta vez, me gustaría ofrecer una visión más allá de la legal, abordando el por qué es importante tratar el tema de género y trabajos en todas las esferas, ya que sólo comprendiendo las causas podremos afrontar las consecuencias y buscar soluciones adecuadas.

Quiero destacar algunos datos del porcentaje de mujeres ocupadas en 2020 por el tipo de ocupación, según información aportada por el Instituto de las Mujeres:

% MUJERES OCUPADAS SEGÚN TIPO OCUPACIÓN EN ESPAÑA

2020

TOTAL

45,69

Directoras y gerentes

34,98

Técnicas y profesionales científicas e intelectuales

56,66

Técnicas; profesionales de apoyo

38,37

Empleadas contables, administrativas y otras empleadas de oficina

67,32

Trabajadoras de los servicios de restauración, personales, protección y vendedoras

59,08

Trabajadoras cualificadas en el sector agrícola, ganadero, forestal y pesquero

18,19

Artesanas y trabajadoras cualificadas de las industrias manufactureras y la construcción (excepto operadoras de instalaciones y maquinaria)

7,82

Operadoras de instalaciones y maquinaria, y montadoras

13,37

Ocupaciones elementales

58,17

Ocupaciones militares

9,92

 

Como se puede observar en la tabla, en los sectores relacionados con el ámbito de la agricultura, ganadería, pesca, industrias manufactureras, construcción o de la maquinaria, el porcentaje de hombres es altamente superior al de mujeres, pero sucede lo contrario en el grupo de “trabajadoras contables, administrativas y otras empleadas de oficina”.

Esta diferenciación se incrementa si analizamos el caso concreto de las personas ocupadas en el empleo doméstico y otro personal de limpieza, en el que un 98,22% y 84,77% respectivamente son mujeres. Este fenómeno en el que predomina la presencia de mujeres en unos sectores y la de hombres en otros, se denomina segregación horizontal en el trabajo.

Otra realidad que encontramos en el mercado laboral es la segregación vertical, que implica que los hombres ocupen en mayor medida puestos con poder decisorio que las mujeres. Así, a medida que vamos subiendo en las posiciones directivas el porcentaje de mujeres se reduce considerablemente.

Por ejemplo, en el cuadro anterior observábamos que un 34,98% de las posiciones de gerencia y dirección en 2020 eran ocupadas por mujeres, pero si nos centramos en los Consejos de Administración de las empresas del IBEX 35 la cifra era de un 6,06% de las presidencias y un 29,34% de las consejerías ocupadas por mujeres. En las Cámaras Oficiales de Comercio, Industria, Servicios y Navegación las mujeres sólo ocupaban un 2,27% de las presidencias. Se podría pensar que las mujeres no disponen de formación y que es cuestión de tiempo que incremente su presencia en la alta dirección, pero es que actualmente el 52,76% de personas con educación superior en España son mujeres.

¿Qué está pasando?

¿Cómo es posible que después de tantos años de políticas de igualdad sigan existiendo estas diferencias? El tema es altamente complejo e intervienen distintos factores, pero tienen especial incidencia los roles de género y el proceso de socialización.

Los primeros, son el conjunto de papeles y expectativas diferentes atribuidas socialmente a hombres y mujeres. En este sentido, tradicionalmente se han establecido unos roles de género masculinos y femeninos. Respecto a los masculinos, se han vinculado durante años con la función productora y la figura del jefe de familia, por tanto, sus actividades estaban más relacionadas con el espacio público y el sustento económico de la familia, convirtiéndose así en los trabajadores principales. En contraposición, el rol femenino se ha relacionado con la reproducción y, en especial, con la figura de la madre como responsable del bienestar de la familia, como tal, su espacio es el doméstico efectuando tareas vinculadas con la crianza así como el cuidado físico y emocional de las personas. Al no tener asignadas las funciones de sustentar económicamente a la familia, se consideraba a las mujeres como trabajadoras secundarias.

Los roles de género han ido cambiando a lo largo de la historia y son más o menos prevalentes según la sociedad en la que vivimos. Aunque a nivel individual no se comparta esta visión tradicional y se considere actualmente superada en nuestro entorno, hay que tener en cuenta otro elemento que ayuda a perpetuar los roles y estereotipos de género: el proceso de socialización.

La socialización es un proceso de aprendizaje en el que las personas están inmersas incluso antes de nacer, por ejemplo, con las expectativas de nuestra familia. Este proceso se interioriza a lo largo de nuestra vida en la que aprendemos, por un lado, cuáles son y cuáles no son los modelos de conductas que están socialmente aceptados y, por el otro, las consecuencias que tendrá la adopción y la transgresión de éstos.

 

De este modo, formamos nuestra identidad de género, es decir, nos identificamos psicológicamente con lo femenino o lo masculino. Aunque quisiéramos “escapar” de la socialización de género, existen una serie de agentes que contribuyen a que interioricemos dichos roles, por ejemplo, la familia, la escuela o los medios de comunicación.

 

De los datos mostrados anteriormente apreciamos que en algunos aspectos, todavía los estereotipos y roles de género siguen reflejándose en el mercado laboral y en otros ámbitos de la vida. Para superarlos es clave, por un lado, involucrar a los agentes socializadores y, por el otro, saber identificar a nivel personal tales estereotipos, siendo conscientes de su influencia en nuestra propia visión del mundo. Por lo tanto, hay que seguir insistiendo en la formación y sensibilización desde la infancia en estos aspectos para poder actuar tanto en el plano individual como en el social, avanzando en la igualdad de trato y de oportunidades entre mujeres y hombres.

 

Pilar Codina Clua

Responsable de Diversidad y RSC en SGS

 

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