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La vertiginosa evolución de las políticas públicas para mitigar los efectos del cambio climático, cada vez más visibles, sitúa a las organizaciones en un entorno cambiante. En este contexto se hace imprescindible la implementación de planes estratégicos que permitan su adaptación ágil a los posibles escenarios futuros

Aunque llevamos casi 30 años oyendo hablar del Cambio Climático, en la Unión Europea no se dieron los primeros pasos hasta 2003, cuando se aprobó la Directiva que regula el Régimen de Comercio de Derechos de Emisión (RCDE). En España, fue el 27 de agosto de 2004 cuando nos subimos al tren del Cambio Climático. En otras eras de la historia de nuestro planeta ha habido cambios en el clima, pero también es cierto que, debido a la acción humana, ahora está ocurriendo tan rápido que los seres vivos no tienen tiempo de adaptarse. Pues esto mismo nos pasa con las políticas de cambio climático, las medidas de los gobiernos y de la Unión Europea se suceden tan rápido que no tenemos tiempo de analizarlas y actuar.

El RCDE fue la primera acción por parte de la UE y, cuando este fue un hecho, la realidad es que no sabíamos ni de qué nos estaban hablando. Al principio, estar dentro del RCDE era estupendo para los titulares. Emitías CO2, te daban derechos gratuitos, te sobraban muchos y podías comerciar, con lo que ganabas dinero.

Pero esto, que parecía sencillo, ha incrementado su complejidad de manera exponencial, de manera inversamente proporcional a cómo se ha reducido la cantidad de derechos asignados gratuitamente. Ni se nos ocurrió pensar que 15 años más tarde, esto alcanzaría los niveles en los que estamos ahora, tanto en la dificultad de las metodologías de seguimiento como en el coste de los derechos de emisión de CO2, que ha pasado de ser inferior a 5 €/t CO2 en promedio anual de 2013 a casi 25 €/t CO2€ en promedio anual de 2020 y, este mes de mayo, ha alcanzado casi los 49 €/t CO2.

Entre los compromisos adquiridos por la Unión Europea en los acuerdos de París, se incluía la reducción del 55% de las emisiones de gases de efecto invernadero en 2030 respecto a 1990 (el objetivo inicial era del 40%) y una Europa Neutra en 2050, lo que implica emitir solo lo que la Tierra es capaz de absorber. Teniendo en cuenta que el RCDE, supone alrededor del 40% de las emisiones en la Unión Europea, y siendo un esquema que lleva regulado más de 15 años, resulta fácil actuar sobre él. Se le puede dar otra vuelta para aportar a ese objetivo del 55%. Esto pasa por una modificación de la Directiva 2003/87/CE que será realizada en principio el próximo mes de junio. Entre los cambios esperados, se prevé la inclusión de nuevos sectores, como el sector marítimo, y otros como los edificios y el transporte por carretera, así como una revisión de la Reserva de Estabilidad del Mercado de Derechos de Emisión.

No obstante, quizá este sea el riesgo más fácil de medir, pero no debemos olvidar que el 60% restante de las emisiones de gases de efecto invernadero proceden de sectores difusos. Hemos de considerar, por tanto, que, dada la relevancia de los riesgos derivados del cambio climático, se hace necesaria la integración de líneas de actuación, dentro de la estrategia de las organizaciones a fin de mitigarlos. Lo que conectaría con la Estrategia Española de Economía Circular, cuyos objetivos incluyen la reducción del consumo nacional de materiales y de generación de residuos, el incremento de la reutilización, la mejora de la eficiencia en el consumo de agua y la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Al final, todos los objetivos contribuyen a este último.

Cualquier acción llevada a cabo para reducir consumo implica reducir residuos y, esto a su vez, conduce a reducir emisiones en la fabricación.

En la misma línea, la recién aprobada Ley de Cambio Climático establece medidas que incluyen la elaboración de estrategias y planes de actuación tendentes a la neutralidad en carbono, medición de la huella de carbono y establecimiento de metas de reducción, inversión en tecnologías eficientes, exigencia de certificaciones medioambientales a proveedores y rediseño de producto, entre otras medidas.

Estamos ante un cambio absoluto de mentalidad. Hace 25 años hablábamos de la integración de la gestión ambiental en las políticas de las organizaciones, ahora esto ya es un hecho. Hablábamos de la segregación de residuos para facilitar la reutilización y el reciclaje, lo cual ya forma parte de nuestra vida diaria.

Esto ha sido como subirse a un tren de alta velocidad en marcha, pero hay que subir y seguir avanzando. El principal problema que nos encontramos es que el volumen de información es tan grande que resulta prácticamente imposible estar totalmente al día. La mejor opción no es hacer lo que hace el vecino, sino elaborar un plan estratégico que nos marque nuestro camino y mitigue los riesgos derivados del cambio climático. Adaptarse a esa situación cambiante es un auténtico reto, pero, por los que vienen detrás, ¡tenemos que conseguirlo!

 

Mª Lourdes Martín Mangas

División de Prevención y Medio Ambiente

Directora Técnica de Sostenibilidad y Cambio Climático